CÓMO SE PRODUCE LA TRANSFORMACIÓN EN UNA PSICOTERAPIA PSICOANALÍTICA

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¿Ir a terapia o no ir? Es normal preguntarnos por qué nos tendría que ayudar el ir al despacho de un desconocido a conversar sobre los temas más íntimos y difíciles de nuestra vida. En parte suena raro emplear una cierta cantidad de dinero en tales conversaciones, cuando no tenemos la certeza de que nos vayan a conducir a una mejora tangible de nuestra vida, de nuestras relaciones o de nuestros síntomas.

Otras veces ocurre (los terapeutas vemos casos a menudo) en que una persona tiene una idea irreal de lo que es acudir a un psicólogo, creyendo que se trata de explicar un problema y automáticamente obtener una solución o un plan terapéutico mágico. Esto conducirá probablemente a una frustración, puesto que para solucionar un problema emocional es importante sostener un compromiso de acudir a terapia durante algún tiempo, hasta que se averigüen las causas del problema.

El cambio en Psicoterapia no es sólo llegar y “desahogarme”. No es charlar e irme más tranquilo. Si me voy más tranquilo de allí será porque han ocurrido más cosas que charlar; será porque es un espacio más libre y de más contención emocional que otros espacios, donde puedo elaborar y entender lo que me ocurre sin tener miedo al desbordamiento o al abandono del otro. Para que esto ocurra, el terapeuta debe tener un entrenamiento y formación concretas, como veremos en el próximo post “Por qué el psicoanalista debe haber realizado su propia terapia”.

Bien, aclaremos cómo se produce la transformación en Psicoterapia Psicoanalítica y, sin ánimo de ser exhaustiva, qué fenómenos sostienen esta transformación. Voy a desarrollar tres factores que hacen que el cambio en Psicoterapia sea una realidad científica y no azarosa:

1. El vínculo seguro terapeuta-paciente facilita la integración de memorias traumáticas o micro-traumáticas:

Si tengo un vínculo seguro con mi terapeuta, siento que puedo explicar todo lo que se me pase por la cabeza, porque si digo algo “raro” o “inmoral”, mi terapeuta estará mucho más pendiente de entenderlo que de juzgarlo. De esta manera, empiezo a poder pensar sobre cosas que antes no podía pensar, o a hacerme determinadas preguntas que antes no podía hacerme, como nos explica Ramón Riera en su magnífico libro “La Conexión Emocional”.

Cuando ha pasado algo en mi historia que me ha impactado, dañado, sobrepasado más de la cuenta, y en ese momento no había posibilidad de hablarlo (digerirlo) suficientemente con los adultos de casa, ocurre lo que llamamos “disociación de memorias”. El recuerdo se almacena en la memoria dividido en dos partes: por un lado, el recuerdo de lo que ocurrió y, por otro lado, el recuerdo de la vivencia (recuerdo de cómo uno se sintió). Así que esa emoción queda separada y encapsulada en la mente, pero se activa cada vez que en el presente sucede alguna cosa que se parece en algo al episodio inicial.

La emoción antigua se reactiva en presencia de disparadores actuales, conectando neuronalmente con el recuerdo antiguo. Y así es como funcionan los síntomas psicológicos. En el ejemplo de las crisis de angustia, un caso ficticio podría ser de la siguiente manera: las aglomeraciones de gente serían disparadores actuales que me activan una emoción de angustia pasada, que quedó disociada del recuerdo de las vivencias que tuve cuando mis padres se divorciaron y me sentí desprotegida.

El clima seguro de la terapia favorece el recuerdo y la integración de estas dos memorias, con la consiguiente disminución y eliminación de síntomas.

2. El vínculo seguro terapeuta-paciente produce lo que Franz Alexandre llamó la “experiencia emocional correctiva”:

La experiencia emocional correctiva es una de las bases de toda Psicoterapia eficaz. Consiste en establecer un vínculo con el terapeuta que modifique las formas disfuncionales de relacionarnos que aprendimos en la infancia. Por ejemplo, si cada vez que yo le contaba a mi madre algo que me asustaba, mi madre se asustaba más, entonces la experiencia emocional correctiva consistirá en que mi terapeuta no se asuste de las cosas que me hacen sentir mal.

3. La reflexión entre terapeuta y paciente organiza la mente y aumenta la función reflexiva, que nos protege frente al trauma a nosotros mismos y a nuestros hijos, como señala Peter Fonagy:

Muchas veces llegamos a Psicoterapia con una serie de emociones desorganizadas en nuestra mente y, a medida que realizamos sesiones y ponemos palabras a lo que sentimos, se van aliviando. Es como si tuviéramos un armario caótico lleno de emociones confusas que, al hablar en terapia, fuéramos ordenando. Este sencillo hecho, en numerosos casos, ya disminuye los síntomas de ansiedad y anímicos de forma perceptible.

Este armario del que hablamos está repleto por todas las vivencias de nuestra historia a las que no hemos podido poner palabras. Crecer sin palabras es crecer con temor. Así, que al ponerle palabras en terapia, vamos construyendo una comprensión que nos tranquiliza. Además, esta comprensión va potenciando nuestra función reflexiva, que es nuestra capacidad de entender nuestros estados internos y los de los demás. Y, ojo al dato que nos aporta Peter Fonagy: la función reflexiva nos protege frente al trauma emocional a nosotros ¡y a nuestros hijos! Exacto, si aumentas tu función reflexiva proteges a tus hijos frente al trauma emocional.

Para terminar, rompamos el mito del Psicoanálisis como terapia de diván (el diván es sólo una herramienta más) en que uno no para de hablar de su pasado, sin llegar a ninguna solución. Que revisemos la historia personal no quiere decir que todo en Psicoanálisis sea explorar el pasado. También hay que explorar mucho el presente. La persona debe darse cuenta de sus propias trampas, de los bucles negativos en los que se mete sin percatarse, de cómo se coloca en sus relaciones y qué partes de su identidad han quedado obsoletas.

Nos despedimos por esta vez y nos volveremos a encontrar en un par de semanas. ¡Hasta entonces!

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