Categoría: Depresión

La crisis social de estos días y el miedo al sufrimiento

Como hablábamos la semana pasada, en estos últimos días estamos viviendo en nuestra sociedad momentos de mucha incertidumbre, debidos a la inestabilidad política y social en nuestro país.
De hecho, en la vida siempre suelen sucederse ciclos de tranquilidad y normalidad, con ciclos de incertidumbre y cambio.

Por ello, he pensado que es buena idea dedicar un post al miedo al sufrimiento.

Todos sabemos que hay tiempos mejores y tiempos más complicados. Pero muchas veces, el sólo hecho de imaginarnos un futuro difícil nos sumerge en angustias variadas, sentimientos de inseguridad, amenaza, incertidumbre, etc. Esto nos sucede incluso si aún no ha ocurrido nada malo, es decir, con la mera anticipación del sufrimiento.

Un paréntesis. En Psicología, anticipación significa imaginarse algo malo que aún no ha pasado y se considera un síntoma de ansiedad o una expresión de una gran angustia interna, apareciendo a veces a modo de pensamiento intrusivo, es decir, un pensamiento sentido como involuntario y repentino. La anticipación también complica bastante la vida a los que la sufren, puesto que no sólo se sufre cuando hay algún acontecimiento doloroso, sino también todas las veces que uno se lo ha imaginado antes, además de que produce mucho desgaste.

Hoy voy a hablar sobre tres creencias que componen el miedo al sufrimiento:
1. “La vida debe ser estática”.
2. “El objetivo de mi vida es ser feliz”.
3. “Ante el sufrimiento quedaré indefenso”.

Paso a explorar cada uno de estos componentes.

Primero, “la vida debe ser estática”:
En un interesante libro (aún estoy acabando de leerlo) llamado “Encuentros con Monroe” de Kingsley L. Dennis, leí que las personas tenemos tantos miedos porque nos apoyamos continuamente en una creencia irracional e inconsciente de que las cosas son estables, que no cambian. Y esto nos genera mucho sufrimiento porque, sin darnos cuenta, esperamos que todo permanezca estable o inmutable; cuando en realidad, el universo, la sociedad, la materia, la mente… continuamente están experimentando transformaciones.

Segundo, “el objetivo de mi vida es ser feliz”:
Esta segunda creencia irracional por la que nos guiamos y que puede llegar a producir mucho malestar es, como señala Odin Dupeyron en sus charlas de Youtube, que tenemos que estar siempre felices. Nos cuenta Dupeyron que esta premisa no nos ayuda en absoluto, sino que nos dificulta enormemente la existencia, pues hace que los seres humanos estemos en una búsqueda obsesiva de la “Felicidad” y que nos angustiemos profundamente cuando no nos sentimos “felices”.

Según escribo este post pienso que más nos valdría suprimir la palabra “Felicidad” de nuestro repertorio, porque es una de esas cosas que no se pueden nombrar y sentir al mismo tiempo. Si nombras la felicidad, ésta se aleja, porque nos instala en un ideal que termina tiranizándonos.

Yo no creo que el estado de ánimo básico de las personas sea el de estar “feliz”. De hecho, el término “dukkha”, perteneciente a la filosofía budista, hace referencia a una angustia básica inherente a la condición humana. Con este término los budistas se dieron cuenta de que los seres humanos estamos inevitablemente ligados a una sensación de angustia. (Lo explica Kabat-Zinn en “La Práctica de la Atención Plena”).

Manejaremos mucho mejor el sufrimiento si asumimos el hecho de que nuestro objetivo no es estar siempre alegres o felices. Necesitamos, pienso, un objetivo más dinámico: el de estar involucrados (implicados en los asuntos importantes de nuestra vida), el de estar espontáneos (poder fluir con las cosas sin que la mente nos coarte) y el de estar conectados (con nosotros mismos y con los demás). Como veis, estos valores no están ligados a sentirse alegre o triste, sino que aluden a la consciencia, a la seguridad emocional y al desarrollo personal.

Tercero, “ante el sufrimiento quedaré indefenso”:
Uno de los motivos de que tengamos miedo al sufrimiento es que en algún momento ha arraigado dentro de nosotros la creencia de que el sufrimiento significa quedar indefenso frente al dolor, comerse el golpe y callar. Así, cuando tememos el sufrimiento, tememos la indefensión, y la indefensión no sólo es sentida como quedarnos sin recursos para evitar un daño. Va más allá. Se trata de sentir que tendremos que experimentar ese daño de forma pasiva, es decir, sin poder hacer nada con ello.

Sin pretender que esto sea un consuelo mágico, creo que sería bueno transformar nuestra comprensión del sufrimiento, no como un dolor que experimentar desde la pasividad, sino como un dolor con el que podemos hacer algo. El sufrimiento es sufrir y hacer algo con ello.

Pero ¿qué podemos hacer con algo doloroso que nos ocurre?
Para empezar, integrarlo en nuestra vida. No apartarlo, no esconderlo, no encapsularlo en la mente, no sacarlo del relato de nuestra historia. Y además, hay otras posibilidades muy valiosas. Por ejemplo digerirlo; o aprender; o aprovecharlo para que nos una más a las personas que queremos; o saber más de uno mismo; o sentirse más fuerte; o plasmarlo en un lienzo, o en una canción, o en unas páginas; o utilizarlo para comprender mejor a los demás; o ayudar posteriormente a otro que pase por ese mismo lugar.

Feliz jueves y ¡hasta la semana que viene!

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Luchando contra el pensamiento

Sentir que uno no controla sus propios pensamientos puede llegar a asustar mucho. Es angustioso, por ejemplo, estar en casa y notar cómo la mente empieza a analizar temas, quizá de forma frenética, o a hacer cálculos de futuro interminablemente, o a repasar conversaciones que uno ha tenido el día anterior en busca de posibles momentos en que el otro pudo pensar algo malo de uno.

Una frase bastante habitual en las sesiones de terapia es “mi cabeza va muy rápido”. Cuando decimos esto, muchas veces nos referimos, sin darnos cuenta, a que estamos sintiendo varias inseguridades y angustias a la vez, mezcladas con cierta dosis de culpabilidad. Las inseguridades y angustias producen el efecto de necesitar pensar mucho “como para arreglar el problema”. Pero esto es una trampa de la mente, porque en realidad se está iniciando un funcionamiento de tipo obsesivo, en el cual no hay límite para el pensamiento. En esos momentos tenemos la impresión de que pensando llegaremos a algún tipo de solución, pero en realidad sólo aumentamos la angustia.

Por este motivo, algunos pacientes han manifestado sentirse “enganchados” o “adictos” a estos momentos de pensamiento, y eso les causa dejar abandonadas sus actividades, con el consiguiente debilitamiento de la autoestima. Si uno sabe que tiene que realizar determinada tarea, pero en el tiempo que tiene para hacerla queda envuelto en un bucle de pensamientos, cuando consiga salir de él gracias a algún estímulo externo o a la fuerza de voluntad, esa persona se sentirá decepcionada consigo misma y probablemente muy agotada.

Pablo D’Ors, en La Biografía del Silencio, (libro cortito, sencillo e inspirador, que recomiendo a lectores interesados en temas trascendentales) nos señala que “casi ninguna reflexión mueve a la acción; la mayoría conduce a la parálisis. Es más: reflexionamos para paralizarnos, para encontrar un motivo que justifique nuetra inacción. Pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco”.

Según este fragmento, entenderíamos ese pensamiento en bucle como consecuencia de un estado “pasivo”. Me explico. Un ejemplo. Uno tiene un estado anímico de tipo depresivo (baja energía, baja motivación para realizar cosas o para funcionar normalmente); y como uno percibe que tendría que estar haciendo tal y cual cosa pero se siente sin gas, se angustia. Así pues, como forma de tratar de combatir esa angustia se inicia ese funcionamiento mental obsesivo, que hace sentir que uno podrá solucionar el problema, pero resulta ser al contrario, uno se va sintiendo peor, porque no es capaz de salir de ese bucle. De este modo, al estado anterior le añadimos el sentimiento de rareza, de impotencia, de estar enfermo, de sentirse débil, tal vez incompetente, culpable, etc.

Por otro lado, Teasdale, Williams y Segal, en El Camino del Mindfulness nos cuentan por qué quedamos atrapados en bucles mentales que sabemos que nos hacen más infelices. Lo llaman el “modo de funcionamiento de la mente orientado a la acción”. Es decir, cuando las personas nos sentimos tristes o angustiadas, la mente tiene la predisposición de “hacer algo”, aunque sólo sea tratar de entender por qué estamos así. Y ésta es la explicación de estos autores de cómo nos sumergimos en esas dinámicas de pensamiento que, por tratar de comprender y solucionar un cierto estado de tristeza, se convierten en espirales de sufrimiento. Nos cuentan que, tal vez, sin todo ese pensamiento, la cosa habría quedado en un simple estado de tristeza pasajera.

Aziz Djendli, psicoterapeuta francés, nos explica en uno de sus libros (“Cómo liberarse de las tensiones emocionales”) su forma de entender este tema. La idea de que se puede tratar un estado de miedo mediante el pensamiento, dice, es más bien una ilusión. Realmente, cuenta, la manera en que podemos tratar dicho estado de miedo es a través de la emoción.

Mi aplicación de esto a la práctica sería la siguiente: si estamos asustados o angustiados, en vez de tratar de cambiar ese estado emocional a través del pensamiento, será más eficaz dirigir nuestros esfuerzos a transformar el estado emocional propiamente.

¿Pero cómo cambiamos nuestro estado emocional? Mi respuesta a esto por ahora no es otra que:

1. A través de un ejercicio de relajación/meditación/respiración/consciencia corporal.
2. Usando la imaginación en beneficio propio (imaginación de cosas buenas pasadas, presentes o futuras, pero teniendo cuidado de que esa imaginación no nos desvíe a derroteros no deseados).
3. Distracción/diversión (charlar o quedar con algún amigo).
4. Deporte (el ejercicio físico cambia nuestro estado emocional debido a los efectos químicos que tiene en nuestro cerebro).

Hay muchas técnicas diferentes. Si a alguien le interesa profundizar en este tema, puede dejar un comentario abajo y yo tomaré nota, pero para los que os guste la sencillez, los estados emocionales dolorosos se pueden aliviar sencillamente respirando hondo.

A esta noción de Aziz Djendli de tratar de cambiar la emoción directamente mediante otro estado emocional, yo le vería una excepción, en la cual el pensamiento sí puede ser útil para combatir un estado emocional de malestar: la Psicoterapia Psicoanalítica. En ella, estamos tratando de entender los bucles mentales que nos hacen sufrir, pero al hacerlo en compañía de un terapeuta, podemos comprender mejor y a la vez hacerlo desde la calma de la consulta. Podríamos decir que aquí estamos mezcando la vía racional y la emocional a la vez.

¿Por qué en la consulta no quedamos enganchados en el bucle como nos ocurre en casa? Porque el acompañamiento del terapeuta nos promueve la regulación emocional mientras intentamos entender nuestro pensamiento. El terapeuta ayudará a identificar las emociones que van surgiendo en los bucles de pensamiento. Asimismo, recorrer en terapia una experiencia angustiosa mitiga los sentimientos de soledad e inferioridad que se generan de ella. Todo eso nos ayuda a entender qué cosas de nuestra forma de ser o de relacionarnos están potenciando, sin darnos cuenta, esos circuitos de pensamiento disfuncionales y cuándo quedaron arraigados en nosotros, con la consecuente integración de memorias a nivel neuropsicológico. Esto lo explicaré en otro post aparte.

Para ir despidiéndonos por hoy de este tema, diré que no subestiméis las técnicas de relajación, respiración o meditación. Animo mucho a los lectores a explorar estas técnicas. No obstante, no es recomendable tomarlas como solución única, ya que, si hay problemas emocionales o mentales, lanzarse a la meditación de cabeza no es bueno (y en casos de trastornos psicóticos está completamente desaconsejado). Por usar un símil, en el cuidado de la piel, la relajación/meditación sería una loción hidratante, pero ante un corte infectado, si no lo curamos con un desinfectante y damos puntos (Psicoterapia), la crema hidratante nos servirá de muy poco.

Espero que la lectura os haya resultado interesante y os espero el próximo jueves.

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Pesimismo y negatividad, entenderlo para salir de ello

Si eres pesimista o negativ@, tengo algunas preguntas para ti.

Pero antes de hacértelas, te cuento a qué me estoy refiriendo con pesimismo o negatividad: sentirte a menudo muy cansado y que no te merecen la pena las cosas que haces, sentir que los demás no te tratan como mereces o no te valoran suficiente, que no hay muchos aspectos positivos en tu vida, que nunca te salen las cosas como te gustaría, que tienes mala suerte, que la vida es un sufrimiento continuo, que el mundo no te trata bien, que mejor no intentar algo nuevo por si sale mal…

Ahí van las preguntas:
1. ¿Cómo reaccionaban tus cuidadores en la niñez/adolescencia ante tus sentimientos de cansancio, frustración o tristeza? ¿te “daban permiso” para sentirte así? ¿o más bien trataban de que olvidases ese sentimiento, restándole importancia o reprobándolo? (si es así, y esto por desgracia no es una receta mágica, quizás necesitas por fin sentir que los demás te dan permiso para tener estas emociones).

2. ¿Has sufrido en tu vida muchos “chascos” en los que alguien a quien valorabas te rechazaba o algo importante te salía estrepitosamente mal? (si es así, quizás piensas en negativo acerca de ti mism@ para evitar iniciar asuntos que te conduzcan a otros chascos en los que quedar derrumbad@ otra vez).

3. ¿Ha habido en tu historia alguien muy cercano que solía desvalorizarte a ti o las cosas que hacías? (si es así probablemente ha quedado arraigada dentro de ti la mirada de esa persona).

4. ¿Alguien en tu casa estaba demasiado inmerso en sí mismo o en preocupaciones catastróficas que nunca pudo ponerse en tu lugar o comprenderte? (si es así, tal vez tus quejas son una forma de pedir urgentemente comprensión).

(Discúlpame si no te ves reconocido en estas preguntas, no puedo ser exhaustiva en este espacio. También puede ocurrir que te sientas identificado con alguna pregunta pero no con lo del pesimismo/negatividad. Probablemente es por tu resiliencia, o sea, tu capacidad de sobreponerte a la adversidad e incluso crecer a pesar de ella. Cada mente humana es un universo).

Tal vez al leer esto, uno puede cuestionarse si verdaderamente es tan relevante lo que vivió en el pasado para explicar sus problemas actuales. Y yo devolvería la siguiente pregunta: ¿acaso alguien piensa que no lo es?
La gente tendría que ver cómo van desapareciendo uno a uno los síntomas en Psicoterapia, a base de comprender lo que nos pasa en relación con nuestra historia y a base también de hacer un vínculo seguro con el terapeuta. De verdad que resulta asombroso y conmovedor. Y la Psicoterapia no debería verse desacreditada por tardar en producir estos resultados uno, dos o tres años (a veces menos, a veces más). Después de todo, no es una pastilla o un paliativo, sino una “reprogramación del cerebro y del organismo”. Un par de años no parece mucho tiempo para reprogramarse, ¿no?

Dice Odin Dupeyron en una TED Talk, “el pasado a veces no se va; el pasado a veces se queda y puede perseguirte por muchos años. Y si no lo resuelves, si no lo limpias, puede perfectamente llenarte de mierda el presente”.

Por lo tanto, si queremos superar esa actitud pesimista, no nos queda otra que entender de dónde nos viene. Todos tenemos derecho a decidir qué pensamientos no queremos que formen parte de nuestra vida, pero no por el mero hecho de querer eliminarlos vamos a poder hacerlo. Necesitaremos comprender.

Pensemos por ejemplo en el caso de una persona que desprende mucho pesimismo en el trato con los demás. Probablemente esa persona lo que necesita, más que nada, es comprensión profunda, empatía y reconocimiento, pero sin embargo consigue todo lo contrario: que el otro sienta fatiga, desesperación, aburrimiento, enfado, etc. Así que nuestro sujeto consigue justo lo contrario de lo que necesita y se va cerrando el bucle.

Incluso algunos compañeros terapeutas pueden caer en un sentimiento de desesperanza con un paciente así, porque “le intento decir que sea más positivo, que se fije en la parte buena, que tiene que confiar un poco en sí mismo… pero nada de lo que le digo le funciona”.
Con lo cual, el terapeuta está reforzando sin querer el circuito mental de “soy alguien que no logra que las cosas le salgan bien, no valgo, ni siquiera mi terapeuta logra ayudarme”.

Por cierto, ojo al dato con este sentimiento de que “hasta mi terapeuta se da por vencido conmigo”. No sé si hay algo mas desesperanzador que esto, porque se supone que vamos a un especialista que es “el que sabe”, que ha visto muchos casos y que sabrá cómo solucionar lo que me pasa.

Para ir acabando el tema por ahora, pensemos que las personas pesimistas a veces pueden dar la sensación de que se quedan encasillados en ese bucle y que no pueden pensar en los demás o comprenderles. Sin embargo, a veces la persona pesimista puede experimentar en su mundo interno una preocupación excesiva por complacer, cuidar o conseguir el beneplácito de sus seres queridos. Por lo tanto, una actitud que puede ayudar a esa persona a empezar a romper ese circuito mental sería precisamente el poner la atención en sus propias necesidades, tratar de cuidarse, de complacerse a sí mism@, de no poner por delante lo que al otro le hace ilusión o lo que el otro necesita, sino lo que a él/ella mism@ le hace ilusión o necesita. Consistiría en darse permiso para ser egoísta, un egoísmo saludable que, en el fondo, es lo que nos posibilita amar mejor a los demás.

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Dependencia Emocional

No nos engañemos; todas las personas somos dependientes, porque nuestra naturaleza es social y siempre tendremos una motivación interna que nos impulsará a establecer relaciones de apego con nuestros seres más cercanos y a esperar determinadas cosas de ellos. Como dice el doctor Mario Marrone, la felicidad del ser humano no tiene que ver con el grado de independencia que tenga respecto de los demás, sino con la cantidad de vínculos seguros que se puedan llegar a establecer. Aclararé lo que entendemos por vínculo seguro: aquél en el que sabes que si necesitas acudir a un ser querido, éste estará disponible y será sensible con tu situación, pero también se alegrará y disfrutará con tu crecimiento y con tu exploración del mundo aunque eso suponga poner distancia temporalmente.

Sin embargo, a día de hoy se populariza la idea de que, para estar bien, las personas tenemos que estar inmunizados contra lazos de dependencia, viviendo únicamente según nuestras propias normas y no dejándonos afectar por los sentimientos de los demás. Aunque la autonomía emocional es muy necesaria, es imposible ser totalmente independiente de los demás, puesto que necesitamos poder esperar determinadas cosas de la gente de nuestro entorno, necesitamos cariño, apoyo, respeto, compañía, seguridad y sentimiento de pertenencia, desde que nacemos hasta que morimos. Por ello, la persona que actúa de forma completamente independiente de los demás en realidad no muestra un signo de salud, sino una señal de que el tipo de vinculación al que su cerebro y su mente están acostumbrados es de tipo “inseguro evitativo” (aquel que surge cuando nos acostumbramos a que nuestros seres queridos no estén disponibles emocionalmente en caso de necesidad).

Por tanto, la salud y satisfacción vendrán al establecer vínculos seguros, en los que ambas personas se cuiden de forma sensible pero también sientan el suficiente espacio personal para desarrollarse.

Ya que estamos hablando de dependencia emocional y de vínculos seguros e inseguros, vamos a profundizar un poco más en la comprensión del problema del maltrato, que no sólo es una cuestión de género, sino también de tipos de vinculación, miedo al abandono y colonización emocional (independientemente de si uno es hombre o mujer).

El problema del maltrato está relacionado muchas veces con creencias distorsionadas acerca del amor, o con cargas emocionales del pasado que impiden a la persona que elija libremente, por ejemplo, una pareja que le cuide y respete, sin miedo a quedarse sol@ o al enfado del otro.

El testimonio de una mujer ilustra claramente lo fácil que es a veces entrar en una relación de maltrato, a pesar de que ella tenía buenos recursos personales, económicos y profesionales: “Yo soy de las que pensaba “¿cómo es posible que una mujer se deje maltratar de esa manera?”, y luego resulta que me pasó a mí. No es una cuestión de ser valiente o no serlo, es cuestión de que te pase”.

Hugo Bleichmar, Julieta Bleichmar y Emilce Dio Bleichmar nos ayudan a comprender cómo funcionan los procesos que han llamado de “colonización emocional”, aquellos en los que alguien colonizado queda atrapado en la relación con un colonizador, pendiente de cualquier cosa que pueda desatar una reacción de enfado o disgusto en este último. La persona que es colonizada cada vez tiene menos capacidad para validar sus propias opiniones y experiencias internas, puesto que una característica del/la colonizador@ es que niega el sentir del otro (la expresión “es como hablar con un muro”) y vive enganchada en esa relación por temor a quedarse sol@. Os dejo el enlace (http://www.colonizacionemocional.com/), que resulta muy útil tanto si vives colonizad@ por alguien como si crees que posees características de colonizador/a y reconoces muestras de sufrimiento en tu pareja a causa de ello. También es un enlace recomendable para algún amigo o familiar que se pueda encontrar en esta situación.

Creo que un aspecto muy importante a destacar es que vivir algún tipo de maltrato no ocurre por ser alguien débil, torpe, con poco carácter o poca personalidad. La víctima puede ser una persona fuerte y autónoma, que queda enganchada en la relación por motivos emocionales profundos que será importante descubrir para poder reestablecer el equilibrio y la capacidad de decisión.

Otras veces, las personas con relaciones de dependencia suele explicar que no saben poner límites a la otra persona, no pueden poner “sus propias condiciones”, porque inmediatamente sobreviene un intenso miedo a que el otro se moleste o ponga fin a la relación. Se puede llegar a estar muchos años en esta situación, y no saber cómo salir de ahí.

También puede darse en la familia, como una necesidad de estar muy pegad@ por ejemplo a la madre o al padre, pero paralelamente experimentar ansiedad al estar con esa persona y mucha dificultad para confrontar, llevar la contraria o hacer algo que disguste al familiar en cuestión. Éste es un patrón de vinculación más femenino que masculino, pero puede darse en ambos géneros y también tiene mucho que ver con lo que comentábamos antes sobre la colonización emocional.

En todos los casos expuestos arriba suele haber un factor común: la dificultad para ser egoísta, para cuidarse a uno mismo. El egoísmo lo vemos como algo moralmente negativo, no nos han enseñado que es la única manera de amar plenamente a otro. Las personas que hacen vínculos de dependencia tiene más dificultad para defender sus derechos (derecho a estar bien o a estar mal, derecho a desear algo o no, a tener necesidades, a cambiar de opinión, etc). Suelen tener dificultades para cuidarse a sí mismos, para no pensar siempre en el bienestar de los demás. Esto deja muy descompensada la “balanza del dar y el cuidarse” y suele provocar bastante sufrimiento en las familias y a las propias personas que lo viven. En resumidas cuentas, si no logramos ser suficientemente egoístas, terminaremos cargando a los demás con la responsabilidad de nuestro cuidado y satisfacción, y esto no tiene buen pronóstico.

La Psicoterapia aquí es una oportunidad para aprender nuevas formas de estar en el mundo y con los demás.

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Estoy apátic@

La apatía consiste en sentir falta de ilusión, ganas o energía para realizar tanto actividades cotidianas u obligaciones como actividades lúdicas o de diversión. Puede sentirse como una especie de aburrimiento en el que uno se instala, porque no tiene motivación para intentar salir de esta posición. Este estado interno, como cualquier otro, puede responder a muchas causas, tanto internas como externas, tanto físicas como mentales.

La apatía también se puede sentir como una falta de emociones fuertes o una cierta sensación de vacío. Cuando estamos apáticos, solemos notar una pérdida de iniciativa o interés por las actividades que conforman nuestra vida, además de disminuir la respuesta afectiva ante acontecimientos positivos o negativos, como si nos diera igual.

Una cuestión que deberemos preguntarnos si nos sentimos apáticos es cuánto tiempo llevamos así, ya que una persona que está apática durante cuatro o cinco días seguramente podrá resolverlo tomando alguna decisión vital o relativa a sus rutinas, por ejemplo, o tal vel sencillamente necesite darse permiso para estar una semana funcionando a bajo gas. Sin embargo, si alguien lleva experimentando este sentimiento durante varias semanas, meses o años (y no se trata de un duelo reciente), entonces el problema es bien diferente, puesto que probablemente exista un problema del estado de ánimo o incluso un estado depresivo (la depresión no es ninguna tontería, porque, además de ser una experiencia dolorosísima para el ser humano, es como todos los síntomas: si no se la trata, crece y puede llegar a hacerse incontrolable incluso con farmacología, por no hablar del riesgo que supone para la vida y la salud de la persona). Veamos causas que he encontrado en mi consulta para este problema:

– Una autoestima insuficiente y / o timidez severa.
– Insatisfacción con diversas áreas de la vida: trabajo, pareja, hijos, etcétera.
– Forma de ser que prioriza las necesidades ajenas, y que vive pendiente del otro, resultándole difícil atenderse a sí mism@ o mirar por sí mism@. En Psicología se suele llamar a esto personalidad pasiva. Suele estar unido a una dificultad para poner límites. Se da más en mujeres, pero también puede darse en hombres.
– Haber pasado un duelo difícil hace algún tiempo, que puede no haberse asimilado o elaborado completamente. Un duelo no sólo puede ser una muerte, sino una ruptura, divorcio propio o parental en la infancia, emigración, enfermedad, etc. No tiene que ser necesariamente reciente, es decir, la pérdida pudo producirse hace muchos años.
– Tener complejos físicos intensos.
– Tener un estilo de vida agotador.
– Estar viviendo algún proceso de enfermedad o dolor.
– Tener una gran dificultad para la toma de decisiones propias.
– La ausencia de ejercicio físico en el estilo de vida.
– Un autoexigencia excesiva, que impulsa a alguien a tratar de hacer todo con ansia de perfección o completud absolutas, siguiendo unos ideales que tiranizan a la persona (puede ser
una autoexigencia consciente o inconsciente).

Esta lista no pretende ser exhaustiva, y una persona puede cumplir varios puntos o incluso todos a la vez. Todos ellos pueden darse en una persona de forma más consciente o más inconsciente, es decir, que uno puede no darse cuenta de hasta qué punto ese aspecto le está influyendo en su forma de vivir.

Es muy conveniente tratar con Psicoterapia estos problemas emocionales, que además pueden tener una respuesta bastante buena al tratamiento (dependiendo por supuesto del caso), puesto que la expresión emocional, la experiencia de vínculo en terapia y la reflexión y elaboración de distintas cosas de la historia personal potencian mucho los recursos del paciente: la autoestima, la capacidad de conocer y entender sus estados internos, de no juzgarlos, la capacidad de regulación emocional ante emociones desbordantes o estresantes, los recursos para relacionarse con los demás de manera saludable y plena, la elaboración de memorias traumáticas o micro-traumáticas de su historia que estaban activando comportamientos y sentimientos automáticos no deseados… y un largo etcétera de beneficios.

No obstante es bueno recordar que en la vida no todo el tiempo hay que estar experimentando emociones fuertes. Tal vez en esta sociedad se hace mucha publicidad encaminada a estar siempre feliz, a sentir plenitud, a vivir la vida al límite, a experimentar las relaciones sociales de forma intensa, a vivir aventuras, etc. Otro día hablaremos de esto.

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