CÓMO SE PRODUCE LA TRANSFORMACIÓN EN UNA PSICOTERAPIA PSICOANALÍTICA

¿Ir a terapia o no ir? Es normal preguntarnos por qué nos tendría que ayudar el ir al despacho de un desconocido a conversar sobre los temas más íntimos y difíciles de nuestra vida. En parte suena raro emplear una cierta cantidad de dinero en tales conversaciones, cuando no tenemos la certeza de que nos vayan a conducir a una mejora tangible de nuestra vida, de nuestras relaciones o de nuestros síntomas.

Otras veces ocurre (los terapeutas vemos casos a menudo) en que una persona tiene una idea irreal de lo que es acudir a un psicólogo, creyendo que se trata de explicar un problema y automáticamente obtener una solución o un plan terapéutico mágico. Esto conducirá probablemente a una frustración, puesto que para solucionar un problema emocional es importante sostener un compromiso de acudir a terapia durante algún tiempo, hasta que se averigüen las causas del problema.

El cambio en Psicoterapia no es sólo llegar y “desahogarme”. No es charlar e irme más tranquilo. Si me voy más tranquilo de allí será porque han ocurrido más cosas que charlar; será porque es un espacio más libre y de más contención emocional que otros espacios, donde puedo elaborar y entender lo que me ocurre sin tener miedo al desbordamiento o al abandono del otro. Para que esto ocurra, el terapeuta debe tener un entrenamiento y formación concretas, como veremos en el próximo post “Por qué el psicoanalista debe haber realizado su propia terapia”.

Bien, aclaremos cómo se produce la transformación en Psicoterapia Psicoanalítica y, sin ánimo de ser exhaustiva, qué fenómenos sostienen esta transformación. Voy a desarrollar tres factores que hacen que el cambio en Psicoterapia sea una realidad científica y no azarosa:

1. El vínculo seguro terapeuta-paciente facilita la integración de memorias traumáticas o micro-traumáticas:

Si tengo un vínculo seguro con mi terapeuta, siento que puedo explicar todo lo que se me pase por la cabeza, porque si digo algo “raro” o “inmoral”, mi terapeuta estará mucho más pendiente de entenderlo que de juzgarlo. De esta manera, empiezo a poder pensar sobre cosas que antes no podía pensar, o a hacerme determinadas preguntas que antes no podía hacerme, como nos explica Ramón Riera en su magnífico libro “La Conexión Emocional”.

Cuando ha pasado algo en mi historia que me ha impactado, dañado, sobrepasado más de la cuenta, y en ese momento no había posibilidad de hablarlo (digerirlo) suficientemente con los adultos de casa, ocurre lo que llamamos “disociación de memorias”. El recuerdo se almacena en la memoria dividido en dos partes: por un lado, el recuerdo de lo que ocurrió y, por otro lado, el recuerdo de la vivencia (recuerdo de cómo uno se sintió). Así que esa emoción queda separada y encapsulada en la mente, pero se activa cada vez que en el presente sucede alguna cosa que se parece en algo al episodio inicial.

La emoción antigua se reactiva en presencia de disparadores actuales, conectando neuronalmente con el recuerdo antiguo. Y así es como funcionan los síntomas psicológicos. En el ejemplo de las crisis de angustia, un caso ficticio podría ser de la siguiente manera: las aglomeraciones de gente serían disparadores actuales que me activan una emoción de angustia pasada, que quedó disociada del recuerdo de las vivencias que tuve cuando mis padres se divorciaron y me sentí desprotegida.

El clima seguro de la terapia favorece el recuerdo y la integración de estas dos memorias, con la consiguiente disminución y eliminación de síntomas.

2. El vínculo seguro terapeuta-paciente produce lo que Franz Alexandre llamó la “experiencia emocional correctiva”:

La experiencia emocional correctiva es una de las bases de toda Psicoterapia eficaz. Consiste en establecer un vínculo con el terapeuta que modifique las formas disfuncionales de relacionarnos que aprendimos en la infancia. Por ejemplo, si cada vez que yo le contaba a mi madre algo que me asustaba, mi madre se asustaba más, entonces la experiencia emocional correctiva consistirá en que mi terapeuta no se asuste de las cosas que me hacen sentir mal.

3. La reflexión entre terapeuta y paciente organiza la mente y aumenta la función reflexiva, que nos protege frente al trauma a nosotros mismos y a nuestros hijos, como señala Peter Fonagy:

Muchas veces llegamos a Psicoterapia con una serie de emociones desorganizadas en nuestra mente y, a medida que realizamos sesiones y ponemos palabras a lo que sentimos, se van aliviando. Es como si tuviéramos un armario caótico lleno de emociones confusas que, al hablar en terapia, fuéramos ordenando. Este sencillo hecho, en numerosos casos, ya disminuye los síntomas de ansiedad y anímicos de forma perceptible.

Este armario del que hablamos está repleto por todas las vivencias de nuestra historia a las que no hemos podido poner palabras. Crecer sin palabras es crecer con temor. Así, que al ponerle palabras en terapia, vamos construyendo una comprensión que nos tranquiliza. Además, esta comprensión va potenciando nuestra función reflexiva, que es nuestra capacidad de entender nuestros estados internos y los de los demás. Y, ojo al dato que nos aporta Peter Fonagy: la función reflexiva nos protege frente al trauma emocional a nosotros ¡y a nuestros hijos! Exacto, si aumentas tu función reflexiva proteges a tus hijos frente al trauma emocional.

Para terminar, rompamos el mito del Psicoanálisis como terapia de diván (el diván es sólo una herramienta más) en que uno no para de hablar de su pasado, sin llegar a ninguna solución. Que revisemos la historia personal no quiere decir que todo en Psicoanálisis sea explorar el pasado. También hay que explorar mucho el presente. La persona debe darse cuenta de sus propias trampas, de los bucles negativos en los que se mete sin percatarse, de cómo se coloca en sus relaciones y qué partes de su identidad han quedado obsoletas.

Nos despedimos por esta vez y nos volveremos a encontrar en un par de semanas. ¡Hasta entonces!

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¿Estoy traumatizad@?

No hace falta tanto para que un ser humano se traumatice. Puede ocurrir cuando algo que nos pasa tiene una intensidad tan elevada que desborda los recursos que uno tiene para asimilar y elaborar el suceso. La buena noticia es que la familia y el entorno tienen una gran capacidad de amortiguar el impacto (tanto en el caso de niños como de adultos).

Podemos decir con total convicción que lo que resulta más traumático no es el suceso en sí mismo, sino que ante el suceso no haya una acogida emocional por parte del entorno familiar, o que la reacción de nuestras personas más allegadas sea poco sensible o desbordante.

Por lo tanto, el carácter traumático de una situación está dado principalmente por la falta de una acogida sensible y calmada por parte del entorno familiar, o porque no haya en casa la posibilidad de explicar en profundidad cómo uno se ha sentido. En este sentido, Peter Fonagy nos explica que la capacidad reflexiva de los papás es de gran importancia a la hora de amortiguar el impacto traumático de algunas experiencias que tienen los niños.

Con capacidad reflexiva (o función reflexiva o mentalización), nos referimos a la capacidad de reflexionar, imaginar, comprender y dar una explicación a los estados mentales propios o ajenos. Un breve ejemplo, tener una buena función reflexiva es, por ejemplo, notar ansiedad y poder reflexionar acerca de por qué uno tiene ansiedad y hallar una explicación convincente. De la misma manera, también sería poder identificar la emoción en el otro y poder explicarla.

Volviendo al tema del trauma emocional, uno puede preguntarse: ¿hay algo en mi vida que me dejó más huella de lo que creía?

Muchos pacientes a los que atiendo, en un momento u otro de la terapia descubren que un suceso o etapa de su vida que tenían normalizado, en el fondo tuvo un impacto muy fuerte cuando sucedió. Terminaron acostumbrándose a esa realidad, cosa que permitió seguir adelante, pero seguramente favoreció un cierto “olvido emocional”.

¿Cómo podemos identificar si hemos tenido alguna vivencia traumática en nuestra vida?

1. Primera pista: ¿solía hablar con mis padres o pedirles ayuda?
Para saber si en tu vida han existido vivencias traumáticas no tienes que preguntarte si ha ocurrido algo muy grave o importante (que a veces por desgracia ocurre). Más bien tendrás que revisar si las cosas que te hacían estar mal podías explicarlas o compartirlas con alguien, o si por el contrario atravesabas ese sufrimiento en soledad.

A veces los papás, como personas que son, pueden estar poco disponibles mentalmente, lo que, sin darse cuenta, les impide conocer cómo está un hijo por dentro. Los motivos para esa falta de disponibilidad mental pueden ser variados: quizás uno de los dos está deprimido o desvitalizado, otras veces puede ser porque hay apreturas económicas, o tal vez existen problemas de pareja que mantienen a los padres en un estado de preocupación y malestar. Estas causas que cito son algunas de las más frecuentes, si bien no tienen por qué ser las únicas.

2. Segunda pista: ¿qué tal era la comunicación en casa?
Otro tema a tener presente es el estilo comunicativo de la familia. Hay estilos comunicativos que tienden a la crítica, al reproche, a la culpabilización, a inducir vergüenza o al sarcasmo. La consecuencia directa de esto es que el hijo va poco a poco aprendiendo que, cuando hay algún problema, compensa más callarse y llevarlo sólo que compartirlo, pues el hablarlo con alguien hace que uno salga escaldado. Nos lo explica muy bien Mario Marrone en su fantástico libro “La Teoría del Apego. Un Enfoque Actual”.
Estas situaciones no han recibido a veces desde la Psicoterapia toda la consideración que merecían. Sin embargo, en los últimos 15 años el Psicoanálisis Relacional ha puesto la lupa sobre lo que se ha llamado el “micro-trauma”, es decir, una serie de experiencias más o menos cotidianas, emocionalmente disruptivas para la persona, que se han ido repitiendo durante mucho tiempo.

Algunas veces el trauma no viene de la primera infancia, sino que puede tener su origen en la juventud o en la edad adulta.

¿En qué nos puede afectar el tener un trauma?

Tener un trauma sin asimilar en nuestro recorrido vital puede ocasionar dificultades en todos los ámbitos de la vida humana. Puede producir bloqueos en entornos sociales o de trabajo, problemas motores, inseguridades al desempeñar tareas o al expresarse, baja autoestima, predisposición a sufrir duelos patológicos, tendencia a establecer vínculos de tipo inseguro o ansioso con la pareja, y un largo etcétera.

Así que, si queremos caminar sin piedras atadas a los tobillos, podemos elegir deshacernos de esas cargas emocionales. Por ahora no existe mucha más solución para ello que la Psicoterapia, pero no cualquier tipo de Psicoterapia, sino una centrada en el vínculo terapéutico y en generar un espacio seguro en la consulta, que pueda promover la revisión de memorias implícitas y su integración en la vida consciente de la persona.

Que tengáis buen jueves y nos vemos en un par de semanas.

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La crisis social de estos días y el miedo al sufrimiento

Como hablábamos la semana pasada, en estos últimos días estamos viviendo en nuestra sociedad momentos de mucha incertidumbre, debidos a la inestabilidad política y social en nuestro país.
De hecho, en la vida siempre suelen sucederse ciclos de tranquilidad y normalidad, con ciclos de incertidumbre y cambio.

Por ello, he pensado que es buena idea dedicar un post al miedo al sufrimiento.

Todos sabemos que hay tiempos mejores y tiempos más complicados. Pero muchas veces, el sólo hecho de imaginarnos un futuro difícil nos sumerge en angustias variadas, sentimientos de inseguridad, amenaza, incertidumbre, etc. Esto nos sucede incluso si aún no ha ocurrido nada malo, es decir, con la mera anticipación del sufrimiento.

Un paréntesis. En Psicología, anticipación significa imaginarse algo malo que aún no ha pasado y se considera un síntoma de ansiedad o una expresión de una gran angustia interna, apareciendo a veces a modo de pensamiento intrusivo, es decir, un pensamiento sentido como involuntario y repentino. La anticipación también complica bastante la vida a los que la sufren, puesto que no sólo se sufre cuando hay algún acontecimiento doloroso, sino también todas las veces que uno se lo ha imaginado antes, además de que produce mucho desgaste.

Hoy voy a hablar sobre tres creencias que componen el miedo al sufrimiento:
1. “La vida debe ser estática”.
2. “El objetivo de mi vida es ser feliz”.
3. “Ante el sufrimiento quedaré indefenso”.

Paso a explorar cada uno de estos componentes.

Primero, “la vida debe ser estática”:
En un interesante libro (aún estoy acabando de leerlo) llamado “Encuentros con Monroe” de Kingsley L. Dennis, leí que las personas tenemos tantos miedos porque nos apoyamos continuamente en una creencia irracional e inconsciente de que las cosas son estables, que no cambian. Y esto nos genera mucho sufrimiento porque, sin darnos cuenta, esperamos que todo permanezca estable o inmutable; cuando en realidad, el universo, la sociedad, la materia, la mente… continuamente están experimentando transformaciones.

Segundo, “el objetivo de mi vida es ser feliz”:
Esta segunda creencia irracional por la que nos guiamos y que puede llegar a producir mucho malestar es, como señala Odin Dupeyron en sus charlas de Youtube, que tenemos que estar siempre felices. Nos cuenta Dupeyron que esta premisa no nos ayuda en absoluto, sino que nos dificulta enormemente la existencia, pues hace que los seres humanos estemos en una búsqueda obsesiva de la “Felicidad” y que nos angustiemos profundamente cuando no nos sentimos “felices”.

Según escribo este post pienso que más nos valdría suprimir la palabra “Felicidad” de nuestro repertorio, porque es una de esas cosas que no se pueden nombrar y sentir al mismo tiempo. Si nombras la felicidad, ésta se aleja, porque nos instala en un ideal que termina tiranizándonos.

Yo no creo que el estado de ánimo básico de las personas sea el de estar “feliz”. De hecho, el término “dukkha”, perteneciente a la filosofía budista, hace referencia a una angustia básica inherente a la condición humana. Con este término los budistas se dieron cuenta de que los seres humanos estamos inevitablemente ligados a una sensación de angustia. (Lo explica Kabat-Zinn en “La Práctica de la Atención Plena”).

Manejaremos mucho mejor el sufrimiento si asumimos el hecho de que nuestro objetivo no es estar siempre alegres o felices. Necesitamos, pienso, un objetivo más dinámico: el de estar involucrados (implicados en los asuntos importantes de nuestra vida), el de estar espontáneos (poder fluir con las cosas sin que la mente nos coarte) y el de estar conectados (con nosotros mismos y con los demás). Como veis, estos valores no están ligados a sentirse alegre o triste, sino que aluden a la consciencia, a la seguridad emocional y al desarrollo personal.

Tercero, “ante el sufrimiento quedaré indefenso”:
Uno de los motivos de que tengamos miedo al sufrimiento es que en algún momento ha arraigado dentro de nosotros la creencia de que el sufrimiento significa quedar indefenso frente al dolor, comerse el golpe y callar. Así, cuando tememos el sufrimiento, tememos la indefensión, y la indefensión no sólo es sentida como quedarnos sin recursos para evitar un daño. Va más allá. Se trata de sentir que tendremos que experimentar ese daño de forma pasiva, es decir, sin poder hacer nada con ello.

Sin pretender que esto sea un consuelo mágico, creo que sería bueno transformar nuestra comprensión del sufrimiento, no como un dolor que experimentar desde la pasividad, sino como un dolor con el que podemos hacer algo. El sufrimiento es sufrir y hacer algo con ello.

Pero ¿qué podemos hacer con algo doloroso que nos ocurre?
Para empezar, integrarlo en nuestra vida. No apartarlo, no esconderlo, no encapsularlo en la mente, no sacarlo del relato de nuestra historia. Y además, hay otras posibilidades muy valiosas. Por ejemplo digerirlo; o aprender; o aprovecharlo para que nos una más a las personas que queremos; o saber más de uno mismo; o sentirse más fuerte; o plasmarlo en un lienzo, o en una canción, o en unas páginas; o utilizarlo para comprender mejor a los demás; o ayudar posteriormente a otro que pase por ese mismo lugar.

Feliz jueves y ¡hasta la semana que viene!

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La crisis social de estos días, una visión psicológica (parte I)

Queridos lectores, gracias por estar ahí un jueves más.
La sociedad española está sufriendo estos días, de una u otra manera.
Hoy me gustaría que este post sea un lugar donde intentar formular preguntas que nos ayuden a entender cómo estamos viviendo las personas la crisis catalana/española a nivel psicológico y humano.

Muchas personas de distintos lugares del país están muy removidas con el tema de la independencia de Cataluña. En la consulta, noto que los pacientes sacan el tema mientras sus ojos tratan de adivinar qué opinión tiene la terapeuta que está en frente, a qué ideología está adherida. Esto es súper normal, uno necesita saber con quién está hablando, saber hasta dónde puede exponerse con el otro. Si bien en una sesión de terapia se puede (y se debe) tocar este tema con naturalidad, intentamos que no se convierta en una conversación sobre lo que opinan políticamente paciente y terapeuta. Como dice una colega terapeuta de Barcelona, debe ser un espacio de muchísima contención, porque todo cambio/crisis social hace aflorar sentimientos muy profundos de las personas a nivel de inseguridad, supervivencia, pertenencia o identidad, lucha por la “libertad”, odio y sadismo…

Puesto que estos días estamos viviendo tantas sensaciones de incertidumbre, enfrentamientos personales y preocupación, tratemos de entender un poco mejor qué se nos mueve por dentro con los cambios sociales y políticos, y de qué manera nos predisponen, en algunos casos, a la hostilidad.

Para empezar, las personas tenemos una gran tendencia a posicionarnos de un lado o de otro, a identificarnos con un grupo, a sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Por lo tanto, esa tendencia nos impulsa a adoptar una ideología y, posteriormente, a sentirnos definidos por ella, de manera que nuestra identidad queda ligada a dicha ideología. En ese momento se inicia en nuestro cerebro un tipo de procesamiento de la información como el siguiente: de toda la información que atraviese nuestros sentidos y llegue a nuestra corteza cerebral, ésta seleccionará, procesará y asimilará aquella información que sea congruente con esa ideología que ya teníamos previamente, y desechará la información restante.

Si una persona tiene ciertas carencias en su identidad, tal vez necesite compensar esta falta potenciando la identidad grupal. De esta manera, será más propensa al sentimiento de “o estás conmigo, o estás contra mí”.
Llegados a este punto, el argumento del otro se empieza a sentir como una agresión a la propia persona y a la propia identidad.

Por tanto, cuando tenemos una confrontación política con alguien cercano, un amigo, una hermana, un primo, un antiguo compañero del colegio, ¿podría ser que nuestra necesidad de sentir una fuerte identidad grupal nos esté impidiendo conversar en un clima de reflexión y tranquilidad? ¿Abrirme a la perspectiva del otro significa que, por un momento, las líneas que definen mi identidad quedan borrosas?

Actualmente se ha vuelto más complicado tener una identidad sólida. Estamos en un mundo en el que cada vez proliferan más este tipo de problemas emocionales relacionados con el sentimiento de sí mismo y con la autoimagen. Por ejemplo, los adolescentes cada vez necesitan más likes, más filtros, más redes, más seguidores para sentirse a sí mismos, para sentir que existen, para saber que “son alguien”. Además, como efecto de las nuevas tecnologías, estamos perdiendo intimidad en los grupos familiares, o sea, conversaciones mirándonos a los ojos, momentos compartidos, risas, expresión de sentimientos en familia. Esta intimidad, que va en disminución, es la que nos ayuda a construir un “sí mismo”.

¿Nuestra sociedad actual está generando seres humanos con un cierto vacío de identidad que tratan de llenar con fotos en Facebook, con delgadez, con sexo impulsivo y, posteriormente, con lemas políticos precocinados que, sencillamente, se escuchan y se repiten?

Cuanto más vacío haya en la identidad personal, más necesidad tendremos de una identidad grupal que otorgue el sentimiento de “existo”, “soy alguien”. Si ponemos un lema político (o de cualquier otro tipo) como muro de carga de nuestra estructura interna, conversar con alguien terminará convirtiéndose en una batalla. Y, de hecho, se tratará de una batalla por conservar intacta dicha estructura interna.

Uno de los éxitos madurativos de las personas es, como dice Hugo Bleichmar, comprender (no sólo de cabeza, sino de tripas) que “yo no soy mis ideas”. ¿Nos cuesta demasiado decir, “hoy pienso esto pero tal vez mañana no”, “tú y yo sentimos distinto” y “no sé”?

Estos días está ocurriendo algo de forma bastante generalizada, ocasionando nerviosismo y decaimiento en muchas personas: las peleas entre familiares y amigos a raíz de discusiones políticas sobre la independencia de Cataluña. Esto agrava las angustias generadas por la propia crisis social, porque no sólo se teme el cambio de un panorama social, político o económico, sino que experimentamos rupturas, decepciones, daños o tensiones con personas cercanas, que incluso forman parte de nuestro día a día.

Así que me ha parecido oportuno proponer aquí algunas ideas prácticas para gestionar este tipo de enfrentamientos o tensiones:

1. Recuerda que las personas de tu alrededor nunca podrán encajar completamente con tus expectativas o necesidades. Dicho de forma rápida: no tenemos que tener todo en común con el otro. Si no pensamos igual no quiere decir que el otro esté queriendo agredirnos o dañarnos con sus argumentos.

2. Trata de recordar cosas buenas que te han unido a esa persona o que habéis vivido juntos, incluso recuérdaselo a él/ella.

3. Pídele que te exprese con más cariño sus argumentos.

4. Discúlpate si en algún momento no le has expresado con suficiente cariño tus argumentos.

5. Explícale aquellos temas en los que te gustaría que estuviera más concienciado, informado, responsabilizado.

6. Cada vez que no te guste algo que el otro expone, no tengas reparo en decir la frase “ésta es una de las cosas en las que sentimos distinto”. Esto sirve para reconocer al otro sin quedar anulado.

Una de las dificultades para debatir, -¡ojo al dato los que conviváis en pareja, que esto se da mucho!- radica en que, si concedemos espacio a la opinión del otro, sentimos que la nuestra queda anulada o invalidada. Si queremos una comunicación sensible tenemos que perseguir esta doble sensación de poder reconocer la vivencia del otro y que no por ello la nuestra quede invalidada.

Nótese que en los seis puntos anteriores estamos hablando de EXPRESAR SENTIMIENTOS, NO OPINIONES. Es muy difícil llegar a mal puerto con alguien hablando desde los sentimientos.

Y por último, tengamos siempre presente que, para que haya una comunicación sensible, son necesarios los esfuerzos por parte de las dos personas.

Espero que la lectura os haya acompañado bien y nos veremos el próximo jueves con la segunda parte del post, a la que llamaré “La crisis social de estos días y el miedo al sufrimiento”. ¡Hasta entonces!

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Luchando contra el pensamiento

Sentir que uno no controla sus propios pensamientos puede llegar a asustar mucho. Es angustioso, por ejemplo, estar en casa y notar cómo la mente empieza a analizar temas, quizá de forma frenética, o a hacer cálculos de futuro interminablemente, o a repasar conversaciones que uno ha tenido el día anterior en busca de posibles momentos en que el otro pudo pensar algo malo de uno.

Una frase bastante habitual en las sesiones de terapia es “mi cabeza va muy rápido”. Cuando decimos esto, muchas veces nos referimos, sin darnos cuenta, a que estamos sintiendo varias inseguridades y angustias a la vez, mezcladas con cierta dosis de culpabilidad. Las inseguridades y angustias producen el efecto de necesitar pensar mucho “como para arreglar el problema”. Pero esto es una trampa de la mente, porque en realidad se está iniciando un funcionamiento de tipo obsesivo, en el cual no hay límite para el pensamiento. En esos momentos tenemos la impresión de que pensando llegaremos a algún tipo de solución, pero en realidad sólo aumentamos la angustia.

Por este motivo, algunos pacientes han manifestado sentirse “enganchados” o “adictos” a estos momentos de pensamiento, y eso les causa dejar abandonadas sus actividades, con el consiguiente debilitamiento de la autoestima. Si uno sabe que tiene que realizar determinada tarea, pero en el tiempo que tiene para hacerla queda envuelto en un bucle de pensamientos, cuando consiga salir de él gracias a algún estímulo externo o a la fuerza de voluntad, esa persona se sentirá decepcionada consigo misma y probablemente muy agotada.

Pablo D’Ors, en La Biografía del Silencio, (libro cortito, sencillo e inspirador, que recomiendo a lectores interesados en temas trascendentales) nos señala que “casi ninguna reflexión mueve a la acción; la mayoría conduce a la parálisis. Es más: reflexionamos para paralizarnos, para encontrar un motivo que justifique nuetra inacción. Pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco”.

Según este fragmento, entenderíamos ese pensamiento en bucle como consecuencia de un estado “pasivo”. Me explico. Un ejemplo. Uno tiene un estado anímico de tipo depresivo (baja energía, baja motivación para realizar cosas o para funcionar normalmente); y como uno percibe que tendría que estar haciendo tal y cual cosa pero se siente sin gas, se angustia. Así pues, como forma de tratar de combatir esa angustia se inicia ese funcionamiento mental obsesivo, que hace sentir que uno podrá solucionar el problema, pero resulta ser al contrario, uno se va sintiendo peor, porque no es capaz de salir de ese bucle. De este modo, al estado anterior le añadimos el sentimiento de rareza, de impotencia, de estar enfermo, de sentirse débil, tal vez incompetente, culpable, etc.

Por otro lado, Teasdale, Williams y Segal, en El Camino del Mindfulness nos cuentan por qué quedamos atrapados en bucles mentales que sabemos que nos hacen más infelices. Lo llaman el “modo de funcionamiento de la mente orientado a la acción”. Es decir, cuando las personas nos sentimos tristes o angustiadas, la mente tiene la predisposición de “hacer algo”, aunque sólo sea tratar de entender por qué estamos así. Y ésta es la explicación de estos autores de cómo nos sumergimos en esas dinámicas de pensamiento que, por tratar de comprender y solucionar un cierto estado de tristeza, se convierten en espirales de sufrimiento. Nos cuentan que, tal vez, sin todo ese pensamiento, la cosa habría quedado en un simple estado de tristeza pasajera.

Aziz Djendli, psicoterapeuta francés, nos explica en uno de sus libros (“Cómo liberarse de las tensiones emocionales”) su forma de entender este tema. La idea de que se puede tratar un estado de miedo mediante el pensamiento, dice, es más bien una ilusión. Realmente, cuenta, la manera en que podemos tratar dicho estado de miedo es a través de la emoción.

Mi aplicación de esto a la práctica sería la siguiente: si estamos asustados o angustiados, en vez de tratar de cambiar ese estado emocional a través del pensamiento, será más eficaz dirigir nuestros esfuerzos a transformar el estado emocional propiamente.

¿Pero cómo cambiamos nuestro estado emocional? Mi respuesta a esto por ahora no es otra que:

1. A través de un ejercicio de relajación/meditación/respiración/consciencia corporal.
2. Usando la imaginación en beneficio propio (imaginación de cosas buenas pasadas, presentes o futuras, pero teniendo cuidado de que esa imaginación no nos desvíe a derroteros no deseados).
3. Distracción/diversión (charlar o quedar con algún amigo).
4. Deporte (el ejercicio físico cambia nuestro estado emocional debido a los efectos químicos que tiene en nuestro cerebro).

Hay muchas técnicas diferentes. Si a alguien le interesa profundizar en este tema, puede dejar un comentario abajo y yo tomaré nota, pero para los que os guste la sencillez, los estados emocionales dolorosos se pueden aliviar sencillamente respirando hondo.

A esta noción de Aziz Djendli de tratar de cambiar la emoción directamente mediante otro estado emocional, yo le vería una excepción, en la cual el pensamiento sí puede ser útil para combatir un estado emocional de malestar: la Psicoterapia Psicoanalítica. En ella, estamos tratando de entender los bucles mentales que nos hacen sufrir, pero al hacerlo en compañía de un terapeuta, podemos comprender mejor y a la vez hacerlo desde la calma de la consulta. Podríamos decir que aquí estamos mezcando la vía racional y la emocional a la vez.

¿Por qué en la consulta no quedamos enganchados en el bucle como nos ocurre en casa? Porque el acompañamiento del terapeuta nos promueve la regulación emocional mientras intentamos entender nuestro pensamiento. El terapeuta ayudará a identificar las emociones que van surgiendo en los bucles de pensamiento. Asimismo, recorrer en terapia una experiencia angustiosa mitiga los sentimientos de soledad e inferioridad que se generan de ella. Todo eso nos ayuda a entender qué cosas de nuestra forma de ser o de relacionarnos están potenciando, sin darnos cuenta, esos circuitos de pensamiento disfuncionales y cuándo quedaron arraigados en nosotros, con la consecuente integración de memorias a nivel neuropsicológico. Esto lo explicaré en otro post aparte.

Para ir despidiéndonos por hoy de este tema, diré que no subestiméis las técnicas de relajación, respiración o meditación. Animo mucho a los lectores a explorar estas técnicas. No obstante, no es recomendable tomarlas como solución única, ya que, si hay problemas emocionales o mentales, lanzarse a la meditación de cabeza no es bueno (y en casos de trastornos psicóticos está completamente desaconsejado). Por usar un símil, en el cuidado de la piel, la relajación/meditación sería una loción hidratante, pero ante un corte infectado, si no lo curamos con un desinfectante y damos puntos (Psicoterapia), la crema hidratante nos servirá de muy poco.

Espero que la lectura os haya resultado interesante y os espero el próximo jueves.

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Celos

Hoy hablaremos de los celos, ese sentimiento que puede transformar la vida de una pareja en una verdadera pesadilla para los dos. No se ha escrito ni investigado mucho acerca de los celos, a pesar de que son parte de la vida cotidiana de muchas personas. Estar pendiente de si la pareja echa una miradita de reojo a la cajera de la tienda, registrar los mensajes del móvil por si se está viendo con otr@, alterarse cada vez que el marido o mujer tiene que llegar un poco más tarde de lo habitual o si tiene nuev@s compañer@s de trabajo, revisar la ropa interior del novio o novia en busca de “pruebas”…

Son algunas de las manifestaciones de este problema.A veces sí que existen razones reales para sentirse amenzado o apartado. Pero hoy nos ocuparemos de los celos no justificados, aquellos celos en los que incluso la propia persona reconoce que confía plenamente en la fidelidad de su pareja, o se da cuenta de que ese sentimiento supera la línea de lo razonable.

¿Cómo distinguir lo que sería un motivo justificado para tener celos de motivos no justificados o no razonables? Para respondernos a esta pregunta, tenemos que pensar si existe alguna cosa que haga razonable el sentirse insegur@ (digo insegur@ y no necesariamente celos@) con la pareja. Que alguien tenga motivos razonables para sentirse insegur@ con la pareja no significa que esa pareja esté siendo infiel o que lo vaya a ser.

¿Cuáles serían motivos justificados o razonables para esa inseguridad? Por ejemplo, que la pareja no quiera tener tiempo a solas, intimidad o sexualidad con su partner, que diga explícitamente sentirse atraíd@ por otras personas o querer coquetear con otras personas, que haya muy poca comunicación (o muy mala), que la pareja haya sido infiel en el pasado y actualmente mantenga con mucho secretismo sus áreas privadas o su teléfono, que esté teniendo alguna actitud poco confiable como dar explicaciones que se contradicen, ocultar información, consumir drogas (o adicciones). Las adicciones, por cierto, son un motivo en sí mismo de desconfianza.

Tomemos esto con CUIDADO: hay parejas que podrían vivir con total tranquilidad algunos de estos ejemplos que pongo pero, de no ser así, podrían considerarse motivos razonables para encontrarse INSEGUR@. Además, los casos del párrafo anterior vienen a ser situaciones que menoscaban la confianza en el otro o la seguridad personal que uno siente respecto de su pareja, pero en absoluto tienen por qué ser señales inequívocas de infidelidad.

Si no se dan estas situaciones pero aún así una persona experimenta celos, estamos ante un problema emocional de bastante relevancia, puesto que la línea entre la fantasía y la realidad queda medio borrosa.

Llegados a este punto, debemos enfatizar que la persona celosa vive un verdadero infierno. Se trata de un dolor agudo que puede ocupar una gran parte del espacio mental del sujeto en cuestión y llegar a obsesionar. Pero lo más dramático es que, sin ninguna intención consciente por parte del/la celos@, su necesidad de control va a ir provocando en su compañer@ sentimientos muy desagradables de invasión, aprisionamiento, falta de espacio y oxígeno, falta de confianza, miedo, angustia, rabia y resentimiento…etc. Es decir, va a teñir el vínculo de todos estos colores e irá produciendo un inevitable distanciamiento entre ambos. En Psicología se suele llamar a esto “profecía auto-cumplida”, porque al imaginarnos algo malo, adoptamos unos comportamientos que hacen que el otro se aleje o se sienta mal con nosotros, así que termina por hacerse realidad lo que uno temía inicialmente.

Es muy difícil para la persona en cuestión gestionar la situación, salir de ese bucle y empezar a depurar estos aspectos tóxicos de su relación de pareja.

Muchas veces los celos están relacionados con una autoestima baja, otras veces con una vivencia temprana de abandono que uno inconscientemente teme que se repita. En otras ocasiones una persona puede estar muy acostumbrada al control como forma de vivir su vida, así que, cuando inicia una relación, no tolera el nivel de incertidumbre que conlleva compartir la vida con otro, por lo que tratará de controlar los movimientos, pensamientos o sentimientos del compañero o compañera.

Sin duda, cada caso es único y es necesario desentrañar el significado que tiene este particular síntoma en la historia de la persona. Está claro que alguien celos@ puede ser muy buena persona y llegar a ser un/a compañer@ excepcional, pero debe resolver ese mecanismo tóxico y aprender nuevas maneras de gestionar situaciones o sentimientos que hasta entonces le venían desbordando.

Aunque ya sabemos que no hay recetas mágicas y que los síntomas psíquicos se eliminan con una Psicoterapia adecuada, daré aquí dos tips para personas celosas que no tienen motivos objetivos y que quieren trabajarse su problema:

1. Cada vez que experimentes el más mínimo sentimiento de celos respecto a tu pareja, trata de hacer el siguiente ejercicio interno: piensa qué sentimiento estás teniendo y con qué cosas de tu historia personal y de tu autoestima tiene que ver. Incluso puedes llevar una pequeña libreta encima y registrarlo cada vez que ocurra. Esto no sólo sirve para calmarse y evitar acusar al otro, sino que también es enormemente beneficioso, ya que amplía tu conciencia emocional respecto a tus sentimientos de celos. Es como un entrenamiento, es decir, aumentará el número de veces que serás consciente de estos sentimientos, aunque tengan una intensidad baja, y esto será importante para aplicar el segundo tip.

2. Adopta una actitud cooperativa con tu pareja, conviértel@ en un/a alid@. Trata de compartir con tu partner el problema, explícale cuando te surja este sentimiento, cuéntale cómo has sido capaz de detectar la emoción, si es poco intensa o mucho, si necesitarías algo de él/ella para calmarte un poco, pregúntale lo que necesites con cariño. Y sobre todo, hazlo antes de que la emoción llegue a desbordarte, pues en ese punto ya saldrá con rabia, angustia o acusaciones, lo que puede ir desgastando la relación. Por eso es tan importante el registro emocional del primer tip, para que te des cuenta mucho más rápido de cuándo empieza el ciclo del pensamiento. Si haces este esfuerzo evitarás el alejamiento entre tú y tu pareja.

Por último, algunas personas que llegan a mi consulta por celos vienen para evitar que su pareja les deje. Pero tengo que enfatizar que el primer beneficiario de la “cura” será la propia persona que sufre los celos, ya que estos son el indicio de que tiene un problema emocional que seguramente esté afectando a su vida y seguirá haciéndolo, así como con futuras parejas. Por lo tanto, merece la pena pensarlo como una transformación que uno hace, en primer lugar, por amor propio y, en segundo lugar, por amor a los demás.

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Pesimismo y negatividad, entenderlo para salir de ello

Si eres pesimista o negativ@, tengo algunas preguntas para ti.

Pero antes de hacértelas, te cuento a qué me estoy refiriendo con pesimismo o negatividad: sentirte a menudo muy cansado y que no te merecen la pena las cosas que haces, sentir que los demás no te tratan como mereces o no te valoran suficiente, que no hay muchos aspectos positivos en tu vida, que nunca te salen las cosas como te gustaría, que tienes mala suerte, que la vida es un sufrimiento continuo, que el mundo no te trata bien, que mejor no intentar algo nuevo por si sale mal…

Ahí van las preguntas:
1. ¿Cómo reaccionaban tus cuidadores en la niñez/adolescencia ante tus sentimientos de cansancio, frustración o tristeza? ¿te “daban permiso” para sentirte así? ¿o más bien trataban de que olvidases ese sentimiento, restándole importancia o reprobándolo? (si es así, y esto por desgracia no es una receta mágica, quizás necesitas por fin sentir que los demás te dan permiso para tener estas emociones).

2. ¿Has sufrido en tu vida muchos “chascos” en los que alguien a quien valorabas te rechazaba o algo importante te salía estrepitosamente mal? (si es así, quizás piensas en negativo acerca de ti mism@ para evitar iniciar asuntos que te conduzcan a otros chascos en los que quedar derrumbad@ otra vez).

3. ¿Ha habido en tu historia alguien muy cercano que solía desvalorizarte a ti o las cosas que hacías? (si es así probablemente ha quedado arraigada dentro de ti la mirada de esa persona).

4. ¿Alguien en tu casa estaba demasiado inmerso en sí mismo o en preocupaciones catastróficas que nunca pudo ponerse en tu lugar o comprenderte? (si es así, tal vez tus quejas son una forma de pedir urgentemente comprensión).

(Discúlpame si no te ves reconocido en estas preguntas, no puedo ser exhaustiva en este espacio. También puede ocurrir que te sientas identificado con alguna pregunta pero no con lo del pesimismo/negatividad. Probablemente es por tu resiliencia, o sea, tu capacidad de sobreponerte a la adversidad e incluso crecer a pesar de ella. Cada mente humana es un universo).

Tal vez al leer esto, uno puede cuestionarse si verdaderamente es tan relevante lo que vivió en el pasado para explicar sus problemas actuales. Y yo devolvería la siguiente pregunta: ¿acaso alguien piensa que no lo es?
La gente tendría que ver cómo van desapareciendo uno a uno los síntomas en Psicoterapia, a base de comprender lo que nos pasa en relación con nuestra historia y a base también de hacer un vínculo seguro con el terapeuta. De verdad que resulta asombroso y conmovedor. Y la Psicoterapia no debería verse desacreditada por tardar en producir estos resultados uno, dos o tres años (a veces menos, a veces más). Después de todo, no es una pastilla o un paliativo, sino una “reprogramación del cerebro y del organismo”. Un par de años no parece mucho tiempo para reprogramarse, ¿no?

Dice Odin Dupeyron en una TED Talk, “el pasado a veces no se va; el pasado a veces se queda y puede perseguirte por muchos años. Y si no lo resuelves, si no lo limpias, puede perfectamente llenarte de mierda el presente”.

Por lo tanto, si queremos superar esa actitud pesimista, no nos queda otra que entender de dónde nos viene. Todos tenemos derecho a decidir qué pensamientos no queremos que formen parte de nuestra vida, pero no por el mero hecho de querer eliminarlos vamos a poder hacerlo. Necesitaremos comprender.

Pensemos por ejemplo en el caso de una persona que desprende mucho pesimismo en el trato con los demás. Probablemente esa persona lo que necesita, más que nada, es comprensión profunda, empatía y reconocimiento, pero sin embargo consigue todo lo contrario: que el otro sienta fatiga, desesperación, aburrimiento, enfado, etc. Así que nuestro sujeto consigue justo lo contrario de lo que necesita y se va cerrando el bucle.

Incluso algunos compañeros terapeutas pueden caer en un sentimiento de desesperanza con un paciente así, porque “le intento decir que sea más positivo, que se fije en la parte buena, que tiene que confiar un poco en sí mismo… pero nada de lo que le digo le funciona”.
Con lo cual, el terapeuta está reforzando sin querer el circuito mental de “soy alguien que no logra que las cosas le salgan bien, no valgo, ni siquiera mi terapeuta logra ayudarme”.

Por cierto, ojo al dato con este sentimiento de que “hasta mi terapeuta se da por vencido conmigo”. No sé si hay algo mas desesperanzador que esto, porque se supone que vamos a un especialista que es “el que sabe”, que ha visto muchos casos y que sabrá cómo solucionar lo que me pasa.

Para ir acabando el tema por ahora, pensemos que las personas pesimistas a veces pueden dar la sensación de que se quedan encasillados en ese bucle y que no pueden pensar en los demás o comprenderles. Sin embargo, a veces la persona pesimista puede experimentar en su mundo interno una preocupación excesiva por complacer, cuidar o conseguir el beneplácito de sus seres queridos. Por lo tanto, una actitud que puede ayudar a esa persona a empezar a romper ese circuito mental sería precisamente el poner la atención en sus propias necesidades, tratar de cuidarse, de complacerse a sí mism@, de no poner por delante lo que al otro le hace ilusión o lo que el otro necesita, sino lo que a él/ella mism@ le hace ilusión o necesita. Consistiría en darse permiso para ser egoísta, un egoísmo saludable que, en el fondo, es lo que nos posibilita amar mejor a los demás.

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Dependencia Emocional

No nos engañemos; todas las personas somos dependientes, porque nuestra naturaleza es social y siempre tendremos una motivación interna que nos impulsará a establecer relaciones de apego con nuestros seres más cercanos y a esperar determinadas cosas de ellos. Como dice el doctor Mario Marrone, la felicidad del ser humano no tiene que ver con el grado de independencia que tenga respecto de los demás, sino con la cantidad de vínculos seguros que se puedan llegar a establecer. Aclararé lo que entendemos por vínculo seguro: aquél en el que sabes que si necesitas acudir a un ser querido, éste estará disponible y será sensible con tu situación, pero también se alegrará y disfrutará con tu crecimiento y con tu exploración del mundo aunque eso suponga poner distancia temporalmente.

Sin embargo, a día de hoy se populariza la idea de que, para estar bien, las personas tenemos que estar inmunizados contra lazos de dependencia, viviendo únicamente según nuestras propias normas y no dejándonos afectar por los sentimientos de los demás. Aunque la autonomía emocional es muy necesaria, es imposible ser totalmente independiente de los demás, puesto que necesitamos poder esperar determinadas cosas de la gente de nuestro entorno, necesitamos cariño, apoyo, respeto, compañía, seguridad y sentimiento de pertenencia, desde que nacemos hasta que morimos. Por ello, la persona que actúa de forma completamente independiente de los demás en realidad no muestra un signo de salud, sino una señal de que el tipo de vinculación al que su cerebro y su mente están acostumbrados es de tipo “inseguro evitativo” (aquel que surge cuando nos acostumbramos a que nuestros seres queridos no estén disponibles emocionalmente en caso de necesidad).

Por tanto, la salud y satisfacción vendrán al establecer vínculos seguros, en los que ambas personas se cuiden de forma sensible pero también sientan el suficiente espacio personal para desarrollarse.

Ya que estamos hablando de dependencia emocional y de vínculos seguros e inseguros, vamos a profundizar un poco más en la comprensión del problema del maltrato, que no sólo es una cuestión de género, sino también de tipos de vinculación, miedo al abandono y colonización emocional (independientemente de si uno es hombre o mujer).

El problema del maltrato está relacionado muchas veces con creencias distorsionadas acerca del amor, o con cargas emocionales del pasado que impiden a la persona que elija libremente, por ejemplo, una pareja que le cuide y respete, sin miedo a quedarse sol@ o al enfado del otro.

El testimonio de una mujer ilustra claramente lo fácil que es a veces entrar en una relación de maltrato, a pesar de que ella tenía buenos recursos personales, económicos y profesionales: “Yo soy de las que pensaba “¿cómo es posible que una mujer se deje maltratar de esa manera?”, y luego resulta que me pasó a mí. No es una cuestión de ser valiente o no serlo, es cuestión de que te pase”.

Hugo Bleichmar, Julieta Bleichmar y Emilce Dio Bleichmar nos ayudan a comprender cómo funcionan los procesos que han llamado de “colonización emocional”, aquellos en los que alguien colonizado queda atrapado en la relación con un colonizador, pendiente de cualquier cosa que pueda desatar una reacción de enfado o disgusto en este último. La persona que es colonizada cada vez tiene menos capacidad para validar sus propias opiniones y experiencias internas, puesto que una característica del/la colonizador@ es que niega el sentir del otro (la expresión “es como hablar con un muro”) y vive enganchada en esa relación por temor a quedarse sol@. Os dejo el enlace (http://www.colonizacionemocional.com/), que resulta muy útil tanto si vives colonizad@ por alguien como si crees que posees características de colonizador/a y reconoces muestras de sufrimiento en tu pareja a causa de ello. También es un enlace recomendable para algún amigo o familiar que se pueda encontrar en esta situación.

Creo que un aspecto muy importante a destacar es que vivir algún tipo de maltrato no ocurre por ser alguien débil, torpe, con poco carácter o poca personalidad. La víctima puede ser una persona fuerte y autónoma, que queda enganchada en la relación por motivos emocionales profundos que será importante descubrir para poder reestablecer el equilibrio y la capacidad de decisión.

Otras veces, las personas con relaciones de dependencia suele explicar que no saben poner límites a la otra persona, no pueden poner “sus propias condiciones”, porque inmediatamente sobreviene un intenso miedo a que el otro se moleste o ponga fin a la relación. Se puede llegar a estar muchos años en esta situación, y no saber cómo salir de ahí.

También puede darse en la familia, como una necesidad de estar muy pegad@ por ejemplo a la madre o al padre, pero paralelamente experimentar ansiedad al estar con esa persona y mucha dificultad para confrontar, llevar la contraria o hacer algo que disguste al familiar en cuestión. Éste es un patrón de vinculación más femenino que masculino, pero puede darse en ambos géneros y también tiene mucho que ver con lo que comentábamos antes sobre la colonización emocional.

En todos los casos expuestos arriba suele haber un factor común: la dificultad para ser egoísta, para cuidarse a uno mismo. El egoísmo lo vemos como algo moralmente negativo, no nos han enseñado que es la única manera de amar plenamente a otro. Las personas que hacen vínculos de dependencia tiene más dificultad para defender sus derechos (derecho a estar bien o a estar mal, derecho a desear algo o no, a tener necesidades, a cambiar de opinión, etc). Suelen tener dificultades para cuidarse a sí mismos, para no pensar siempre en el bienestar de los demás. Esto deja muy descompensada la “balanza del dar y el cuidarse” y suele provocar bastante sufrimiento en las familias y a las propias personas que lo viven. En resumidas cuentas, si no logramos ser suficientemente egoístas, terminaremos cargando a los demás con la responsabilidad de nuestro cuidado y satisfacción, y esto no tiene buen pronóstico.

La Psicoterapia aquí es una oportunidad para aprender nuevas formas de estar en el mundo y con los demás.

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Estoy apátic@

La apatía consiste en sentir falta de ilusión, ganas o energía para realizar tanto actividades cotidianas u obligaciones como actividades lúdicas o de diversión. Puede sentirse como una especie de aburrimiento en el que uno se instala, porque no tiene motivación para intentar salir de esta posición. Este estado interno, como cualquier otro, puede responder a muchas causas, tanto internas como externas, tanto físicas como mentales.

La apatía también se puede sentir como una falta de emociones fuertes o una cierta sensación de vacío. Cuando estamos apáticos, solemos notar una pérdida de iniciativa o interés por las actividades que conforman nuestra vida, además de disminuir la respuesta afectiva ante acontecimientos positivos o negativos, como si nos diera igual.

Una cuestión que deberemos preguntarnos si nos sentimos apáticos es cuánto tiempo llevamos así, ya que una persona que está apática durante cuatro o cinco días seguramente podrá resolverlo tomando alguna decisión vital o relativa a sus rutinas, por ejemplo, o tal vel sencillamente necesite darse permiso para estar una semana funcionando a bajo gas. Sin embargo, si alguien lleva experimentando este sentimiento durante varias semanas, meses o años (y no se trata de un duelo reciente), entonces el problema es bien diferente, puesto que probablemente exista un problema del estado de ánimo o incluso un estado depresivo (la depresión no es ninguna tontería, porque, además de ser una experiencia dolorosísima para el ser humano, es como todos los síntomas: si no se la trata, crece y puede llegar a hacerse incontrolable incluso con farmacología, por no hablar del riesgo que supone para la vida y la salud de la persona). Veamos causas que he encontrado en mi consulta para este problema:

– Una autoestima insuficiente y / o timidez severa.
– Insatisfacción con diversas áreas de la vida: trabajo, pareja, hijos, etcétera.
– Forma de ser que prioriza las necesidades ajenas, y que vive pendiente del otro, resultándole difícil atenderse a sí mism@ o mirar por sí mism@. En Psicología se suele llamar a esto personalidad pasiva. Suele estar unido a una dificultad para poner límites. Se da más en mujeres, pero también puede darse en hombres.
– Haber pasado un duelo difícil hace algún tiempo, que puede no haberse asimilado o elaborado completamente. Un duelo no sólo puede ser una muerte, sino una ruptura, divorcio propio o parental en la infancia, emigración, enfermedad, etc. No tiene que ser necesariamente reciente, es decir, la pérdida pudo producirse hace muchos años.
– Tener complejos físicos intensos.
– Tener un estilo de vida agotador.
– Estar viviendo algún proceso de enfermedad o dolor.
– Tener una gran dificultad para la toma de decisiones propias.
– La ausencia de ejercicio físico en el estilo de vida.
– Un autoexigencia excesiva, que impulsa a alguien a tratar de hacer todo con ansia de perfección o completud absolutas, siguiendo unos ideales que tiranizan a la persona (puede ser
una autoexigencia consciente o inconsciente).

Esta lista no pretende ser exhaustiva, y una persona puede cumplir varios puntos o incluso todos a la vez. Todos ellos pueden darse en una persona de forma más consciente o más inconsciente, es decir, que uno puede no darse cuenta de hasta qué punto ese aspecto le está influyendo en su forma de vivir.

Es muy conveniente tratar con Psicoterapia estos problemas emocionales, que además pueden tener una respuesta bastante buena al tratamiento (dependiendo por supuesto del caso), puesto que la expresión emocional, la experiencia de vínculo en terapia y la reflexión y elaboración de distintas cosas de la historia personal potencian mucho los recursos del paciente: la autoestima, la capacidad de conocer y entender sus estados internos, de no juzgarlos, la capacidad de regulación emocional ante emociones desbordantes o estresantes, los recursos para relacionarse con los demás de manera saludable y plena, la elaboración de memorias traumáticas o micro-traumáticas de su historia que estaban activando comportamientos y sentimientos automáticos no deseados… y un largo etcétera de beneficios.

No obstante es bueno recordar que en la vida no todo el tiempo hay que estar experimentando emociones fuertes. Tal vez en esta sociedad se hace mucha publicidad encaminada a estar siempre feliz, a sentir plenitud, a vivir la vida al límite, a experimentar las relaciones sociales de forma intensa, a vivir aventuras, etc. Otro día hablaremos de esto.

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